ENSAYOS
Jon Gesalaga
El cuerpo borrado:
sobre la nueva censura y la teología laica
de la imagen​
2025
Vivimos un momento en el que el cuerpo humano, esa evidencia primera, ese territorio donde lo real se vuelve incontestable, empieza a desaparecer de la imagen. No es una desaparición casual ni neutra. Es un gesto cultural, una retirada programada. Allí donde durante siglos el cuerpo fue materia de conocimiento, de conflicto y de revelación, hoy aparece vigilado, suavizado o directamente suprimido. Ya no se trata de pudor ni de moral doméstica. Lo que presenciamos es la construcción de una nueva teología laica, un sistema de normas que se presenta como racional, progresista y protectivo, pero que opera con el mismo impulso dogmático que las antiguas religiones.
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El cuerpo se vuelve incómodo porque recuerda algo que el discurso contemporáneo intenta anular: que somos vulnerables, atravesados y mortales. Cada pliegue, cada irregularidad y cada gesto que marca la zona frágil entre interior y exterior introduce un riesgo en un mundo que aspira a neutralizar toda fricción. No es extraño, entonces, que la imagen del cuerpo sea uno de los primeros blancos de control. Quien controla el cuerpo controla el imaginario. Quien decide qué puede mostrarse decide también qué puede pensarse.
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La censura actual no se nombra a sí misma como censura. No dice “esto no debe verse”; dice “esto podría ofender”, “esto podría interpretarse mal”, “esto podría ser peligroso”. El vocabulario cambia, pero la operación es la misma: un cerco simbólico que impone qué formas del cuerpo son aceptables y cuáles deben desaparecer. El resultado es una imagen llena de cuerpos higienizados, lisos, sin peso y casi sin carne. No hay eros, no hay herida y no hay peligro. Solo una neutralidad pulida hasta rozar la irrealidad.
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Cuando el cuerpo se borra, se borra también el límite que impone. Lo que queda es el intelecto operando sin fricción, una conciencia que ya no se contrasta con nada exterior. Esa ausencia de resistencia permite al ego expandirse sin oposición, fabricando una identidad abstracta, autorreferencial y desligada de la experiencia. Es la misma lógica que guía cualquier empobrecimiento del lenguaje: cuando se reduce lo que puede mostrarse, se reduce también lo que puede pensarse. La desaparición del cuerpo es, en ese sentido, la desaparición de la realidad como marco compartido.
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Pero el problema es más profundo que la vigilancia moral. Lo que está en juego es la propia idea de cuerpo y, con ella, la idea de realidad.
Cuando el cuerpo se borra, se borra también la posibilidad de experiencia. La imagen se vuelve un espacio clausurado en el que nada puede atravesarnos. La tensión, ese punto donde la experiencia se convierte en transformación, desaparece por completo.
Lo que se extingue no es solo la anatomía, sino su capacidad de significar sin permiso. En las antiguas iconografías, el cuerpo arrastraba sentido incluso cuando los sistemas doctrinales intentaban domesticarlo. Su presencia era irreductible. Hoy asistimos al movimiento inverso: no es la doctrina la que intenta contener al cuerpo, sino el cuerpo el que es expulsado para que la doctrina pueda expandirse sin resistencia.
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Esa doctrina laica se presenta como defensa frente al daño, pero funciona como un nuevo código de pureza. El cuerpo debe ser limpio, neutro e inofensivo. Cualquier rastro de intensidad, ya sea sexual, emocional o simbólica, es percibido como amenaza para un orden que desea imágenes sin fricción. La contradicción es evidente. Cuanto más intenta la cultura neutralizar el cuerpo, más fantasmático se vuelve. Cuanto más intenta borrarlo, más revela el miedo que tiene a su presencia.
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Esta desaparición tiene consecuencias perceptivas. Sin cuerpo, la imagen pierde peso, pierde tensión y pierde riesgo. Y sin riesgo no hay revelación posible. Lo que queda es una superficie autorreferencial, incapaz de abrir fisuras en la mirada. Una imagen que no perturba, que no desplaza, que no desestabiliza. Una imagen que, en última instancia, no transforma.
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Sin embargo, algo insiste. Por más que la cultura quiera un cuerpo sin cuerpo, hay una resistencia que no puede eliminarse: la materialidad que se cuela por los márgenes, los gestos que se niegan a desaparecer, la memoria simbólica que persiste incluso en los dispositivos más asépticos. En esa grieta aparece la pregunta real: qué teme exactamente nuestra época cuando teme al cuerpo.
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Tal vez teme su capacidad para desorganizar los discursos.
Tal vez teme que el cuerpo recuerde que somos finitos.
Tal vez teme que el cuerpo revele lo que no puede controlarse ni programarse.
Por eso la reacción dominante es borrar, suavizar y sustituir.
Pero la supresión no soluciona el conflicto: solo lo desplaza. El cuerpo vuelve siempre como resto, como sombra, como fragmento. Vuelve porque la imagen que intenta excluirlo pierde su fundamento cuando lo expulsa. Sin cuerpo, la imagen se despega de lo real y se convierte en una superficie flotante, incapaz de producir experiencia.
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Trabajar hoy con el cuerpo, o con su ausencia, significa intervenir en ese campo de tensiones. Significa desafiar ese nuevo dogma laico que intenta dictar qué puede mostrarse y qué debe permanecer oculto. Significa recordar que el cuerpo no es un peligro, sino la frontera a través de la cual algo más grande que nosotros intenta abrirse paso.
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Lo verdaderamente revelador no es la censura en sí, sino lo que esa censura expone: un cambio profundo en nuestra relación con lo real, con lo visible y con nosotros mismos. En ese cambio, el cuerpo actúa como espejo y como herida, como advertencia y como insistencia.
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Porque incluso cuando se intenta borrarlo, el cuerpo sigue haciendo lo que siempre ha hecho: presionar desde dentro, pedir presencia y abrir grietas en lo que se quiere cerrar.
