ENSAYOS
Jon Gesalaga
La interrupción del tiempo:
sobre los instantes que desbordan
la continuidad​
2025
Hay momentos en los que el tiempo deja de comportarse como espera la conciencia. No se detiene por completo ni se acelera, pero pierde su forma habitual. La continuidad, esa sucesión que sostiene la sensación de estar dentro de un hilo estable, se interrumpe. Lo que aparece en esa grieta no es un vacío, sino una intensidad que no se deja medir. Es un tipo de presencia que no depende del pasado ni del futuro, un estado en el que el instante pesa más que la duración.
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No es un fenómeno excepcional. Sucede en los pliegues de la experiencia, en gestos mínimos, en situaciones que no llaman la atención. Basta un cambio en la luz, un silencio inesperado, un movimiento que no encaja con el ritmo que lo precedía. De pronto la percepción deja de seguir el flujo que la sostiene y se abre un plano distinto. Lo reconocemos porque algo en nosotros se reajusta sin saber por qué. Durante un momento diminuto se suspende la estructura que hace posible la continuidad.
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Este tipo de suspensión no depende solo del azar. Aunque a veces surge de forma espontánea, también puede convocarse. Basta un gesto de atención concentrada, una retirada mínima del automatismo perceptivo, un modo de estar que reduce el ruido interno y permite que el presente se afirme sin necesidad de esfuerzo. No es un estado que pueda controlarse, pero sí una forma de presencia que puede activarse a voluntad. No explica nada y, sin embargo, ilumina. No organiza la experiencia, pero la desplaza. Es una claridad que no necesita argumento.
En estos cortes aparece una verdad incómoda. La continuidad en la que confiamos es más frágil de lo que parece. No es un hecho natural, sino una construcción que repetimos sin darnos cuenta.
La percepción no fluye porque la realidad fluya, sino porque la mente necesita enlazarlo todo. Cuando el hilo se rompe, lo que se revela no es caos, sino una realidad que no depende de la secuencia. Un estado en el que el instante vale por sí mismo, sin necesidad de encajar en ninguna narrativa.
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La interrupción del tiempo no trae mensajes ni símbolos. No señala un significado oculto. Lo que ofrece es un cambio en la relación con lo que aparece. El mundo se muestra sin negociación, sin el filtro que organiza lo que vemos. No hay intención ni interpretación. Solo una presencia que desajusta lo que considerábamos evidente.
Ese desajuste no produce confusión. Genera una forma de atención que rara vez sostenemos en la vida cotidiana.
La conciencia de estos instantes no es introspectiva. No invita a pensar en uno mismo ni a buscar una lectura profunda. Todo lo contrario. Desactiva la idea de un yo que coordina la experiencia y la sustituye por una manera de estar sin centro. No se trata de perder la identidad, sino de suspender su dominio. Durante un momento, lo que existe no pasa por la historia personal ni por la memoria. Sencillamente aparece.
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Cuando el tiempo vuelve a cerrarse, algo queda. No es una comprensión ni una conclusión, sino una modificación mínima en la forma de percibir. Como si la continuidad recuperada fuese ligeramente más porosa, más consciente de sí misma. Los cortes no transforman la vida, pero dejan señales. Recordatorios de que la linealidad no es el único modo de estar en el mundo.
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Lo importante de estos instantes no es su rareza, sino su insistencia silenciosa. No pueden poseerse ni repetirse exactamente, pero regresan. Muestran que la realidad no es tan estable como creemos, que la experiencia no es un hilo continuo, sino una sucesión de presiones que a veces coinciden y a veces se abren. En esas aperturas aparece algo que no pedimos y que, sin embargo, reordena la percepción.
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La interrupción del tiempo no promete revelación ni conocimiento. Ofrece algo más simple y más radical: la evidencia de que la continuidad puede quebrarse y que, en esa fractura, surge un modo de presencia que no depende de nosotros.
Un instante que no busca sentido y que, aun así, ilumina la manera en que vemos.
