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ENSAYOS

Lo real fracturado: 
Sobre el umbral anterior al sentido

2025

Habitamos un mundo que no se presenta a sí mismo como coherente. La coherencia es siempre una operación posterior: un relato que recompone, selecciona y ordena aquello que, en su origen, aparece disperso, contradictorio o en tránsito. Mi interés no está en esa reconstrucción, sino en el instante que la precede: el momento en el que la realidad aún no ha sido domesticada por la percepción, cuando la materia, el gesto y la conciencia permanecen abiertos y sin resolver.

Ese intervalo no está vacío. Es un territorio cargado en el que las cosas aún no se han comprometido con lo que llegarán a ser. Allí, la imagen deja de ser representación y se convierte en fenómeno. Lo que aparece no es una escena sino una fractura: un desplazamiento en el que la superficie ya no sostiene el peso de lo visible y algo subyacente comienza a abrirse paso. Esa presión no pide ser explicada; exige presencia. Y es precisamente esa presión la que define el lugar desde el que trabajo.

Cuando lo visible se quiebra, también se quiebra el orden simbólico que lo sostiene. Pero lo que emerge no es abstracción ni alegoría: es una forma distinta de realidad. Una realidad que se manifiesta no como claridad sino como tensión; no como figura sino como latencia. En ese punto, la imagen no “muestra”: actúa. Opera. Desplaza aquello que asumíamos estable y abre un espacio en el que la percepción ya no se reconoce a sí misma.

Lo sagrado, en su sentido más profundo, aparece ahí. No como doctrina, no como nostalgia, y no como residuo de sistemas antiguos. Surge como una fuerza de insistencia: un excedente que ni la mirada más secular o racional puede neutralizar por completo. Esa insistencia no se articula en lenguaje; se filtra por fisuras en la materia, a través de cuerpos que desbordan, se disuelven o se fragmentan. Cuando la forma pierde su estabilidad, algo previamente oculto se vuelve evidente sin necesidad de explicarse.

No busco metáforas. No me interesa convertir el cuerpo en símbolo ni el gesto en narrativa. Me interesa la transformación como hecho. El cuerpo que se quiebra o se desintegra no representa una idea: demuestra una tensión. Expone el punto preciso en el que la identidad deja de ser un eje y se convierte en una membrana: una superficie permeable a través de la cual lo humano se abre a aquello que no puede controlar. En otras palabras, en ese umbral la imagen no describe la disolución del yo; la lleva a cabo.

Este proceso tiene una dimensión perceptiva. La fractura interrumpe la mirada entrenada para reconocer, clasificar y tranquilizar. Cuando falla la producción automática de sentido, aparece otra cosa: la percepción sin intermediarios, una conciencia momentánea que no busca interpretar. Es una experiencia mínima, casi imperceptible, pero suficiente para romper la continuidad habitual del ver. Esa interrupción es el núcleo de mi trabajo.

Desde ahí, la pregunta ya no es qué significa la imagen, sino qué desplaza. Qué tipo de desajuste produce, qué fisura abre en el campo perceptivo del espectador. La imagen tiene valor no por lo que explica, sino por la intensificación que desencadena: una mayor sensibilidad hacia lo que permanece latente en la realidad. Ese incremento no conduce a un mensaje sino a un estado: un modo de atención que no fija, sino que escucha; que no identifica, sino que sostiene.

Lo real fracturado es, en última instancia, una pedagogía. Nos enseña a habitar territorios en los que el sentido aún no se ha solidificado. Nos obliga a aceptar que hay capas de experiencia que no encajan en el marco de la comprensión inmediata, y sin embargo revelan la estructura más profunda de lo que somos. Cuando la imagen opera desde ese territorio, no busca cerrar nada; abre.

Trabajar en ese umbral significa avanzar hacia un lugar donde la forma no tranquiliza, la materia no obedece, y la percepción deja de ser un mecanismo de reconocimiento y se convierte en un órgano de resonancia. Allí, cada fractura funciona como un recordatorio de que la realidad no es una superficie estable, sino una membrana en tensión constante. Y es en esa tensión donde emerge lo verdaderamente significativo: lo que no se muestra pero se intuye; lo que no se dice pero insiste; lo que no se nombra pero desplaza nuestra manera de ver.

Ese es el lugar que busco: el punto exacto en el que el sentido aún no ha cristalizado, y sin embargo algo—silencioso, preciso, ineludible—ya ha comenzado a abrirse paso.

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