ENSAYOS
La amenaza colectiva:
sobre la conservación del conflicto
como principio de cohesión
2025
El ego no es una anomalía psicológica individual.
Es una estructura de orientación.
En el individuo aparece como identidad.
En la civilización aparece como coherencia compartida.
En ambos casos cumple la misma función: producir una imagen unificada allí donde la realidad es compleja.
La complejidad no es caos ni inestabilidad. Es exceso. Un exceso de causas, capas, efectos y responsabilidades que no se alinean entre sí sin pérdida. Exige sostener tensiones sin cerrarlas de inmediato. El ego no rechaza esa complejidad porque sea falsa, sino porque resulta incómoda. No garantiza inocencia, no delimita responsabilidades claras, no permite operar con rapidez ni con limpieza moral. Por eso responde reduciendo.
Reducir no para comprender mejor, sino para seguir operando.
En el plano individual este mecanismo es reconocible. El ego no se sostiene por la profundidad de su pensamiento ni por la solidez de su razonamiento, sino por la energía emocional que defiende su posición. No exige argumentos complejos ni coherencia prolongada. Se conforma con explicaciones suficientes, relatos simples que mantengan continuidad. Es profundamente autoindulgente porque una revisión honesta lo pondría en riesgo.
La civilización contemporánea replica exactamente este patrón, solo que ampliado.
Funciona como una mente colectiva que necesita conflictos legibles, oposiciones claras, figuras reconocibles sobre las que concentrar indignación y culpa. No para resolverlos, sino para orientarse moralmente sin atravesar la complejidad que los produce.
Aquí la cultura no actúa como reflejo, sino como dispositivo de selección.
No se limita a mostrar la violencia del mundo, la organiza perceptivamente.
Indica con insistencia qué horrores deben ocupar el centro del campo moral, cuáles merecen atención constante y cuáles pueden diluirse en un fondo difuso. Este señalamiento no es explícito ni coordinado, pero es eficaz. Funciona por repetición, por acumulación, por clima.
El efecto es claro. Existen violencias que pueden condenarse sin que nada esencial de nuestra vida cotidiana se vea alterado. Violencias cuya denuncia no obliga a cuestionar los objetos que usamos, la forma en que nos vestimos, la tecnología que nos conecta, la velocidad con la que consumimos, reemplazamos y descartamos. Señalarlas produce indignación, pero también alivio. Permite seguir viviendo igual con una conciencia tranquilizada.
Sin embargo, existen otras violencias de naturaleza distinta.
Violencias lentas, estructurales, sostenidas en el tiempo, integradas en infraestructuras completas de producción y consumo. Violencias que no se expresan en un estallido puntual, sino en un desgaste continuo. No generan imágenes únicas, sino cifras acumuladas. No producen cientos de víctimas visibles, sino millones repartidos a lo largo de años y generaciones.
A menudo, estas violencias alcanzan una magnitud cuantitativa de horror muy superior a las que concentran la atención moral dominante.
Y precisamente por eso resultan casi imposibles de sostener sin defensa.
No porque sean menos graves, sino porque son mayores y porque señalan directamente hacia los beneficios que estructuran nuestra vida cotidiana. Reconocerlas no permite una condena externa limpia. Exige admitir implicación material. Exige aceptar que el daño no ocurre solo fuera, sino también a través de hábitos normales, objetos comunes y decisiones aparentemente neutras.
El ego colectivo no tolera bien esa proximidad.
Cuando la implicación aparece, el mecanismo es previsible. El sistema desplaza. Busca horrores claros, externos, ideales para ser señalados sin retorno. Monstruos visibles que absorban la carga moral que no puede repartirse dentro. Al condenarlos, la sociedad experimenta una purificación simbólica que no altera las condiciones materiales que sostienen violencias más extensas y profundas.
El monstruo externo cumple así una función imprescindible.
Permite que el monstruo interno permanezca sin nombre.
El criterio de atención no es la magnitud del sufrimiento, sino la comodidad de la inocencia.
Este mismo esquema opera en el plano identitario. Cada individuo dispone hoy de múltiples marcos de pertenencia posibles. Entre ellos pueden estar el género, la raza, la identidad cultural, la lengua, la nacionalidad, la religión, la ideología, la clase social, la filiación política, la tribu estética o cultural. Estas matrices no funcionan solo como descripciones, sino como posiciones morales disponibles.
El ego no se define por estas identidades.
Las utiliza.
Selecciona la que mejor garantice estabilidad narrativa, protección simbólica y ventaja moral en cada contexto. En ese uso aparece un rasgo decisivo del identitarismo contemporáneo: la exención de mérito.
Cuando la pertenencia basta para ocupar una posición moral elevada, el ego obtiene legitimidad previa. No es necesario pensar mejor, actuar con mayor precisión ni asumir riesgos individuales reales. La identidad proporciona valor anticipado. La superioridad no se construye, se hereda.
Este desplazamiento tiene consecuencias profundas.
El pensamiento se vuelve opcional.
La autocrítica, innecesaria.
La complejidad, sospechosa.
Cualquier cuestionamiento deja de percibirse como contraste intelectual y se vive como amenaza existencial. Por eso la reacción ya no es argumento, sino energía. No es diálogo, sino rechazo. No es revisión, sino cierre.
En la cultura actual este cierre adopta una forma precisa: la cancelación.
No como desviación moral ocasional, sino como respuesta inmunológica del ego colectivo. Su función no es proteger la verdad, sino preservar la coherencia del grupo. No expulsa errores, expulsa disonancias. Se activa allí donde una pregunta, una relación o un dato ponen en riesgo la imagen compartida.
Este reflejo se apoya en algo más antiguo que cualquier ideología: nuestra necesidad biológica de pertenencia. El miedo a la exclusión precede a cualquier argumento. Basta con sugerir el riesgo de quedar fuera para activar la autocensura y el alineamiento.
Así, no hace falta prohibir.
Basta con señalar.
Todo ego proyecta.
Y proyecta aquello que no puede sostener.
La violencia denunciada fuera funciona con frecuencia como contenedor simbólico de una violencia interna más refinada, más integrada y menos visible. Al expulsarla hacia un enemigo claro, el sistema puede condenarla sin reconocer las formas en que la reproduce de manera cotidiana.
Este mecanismo no es accidental.
Es estructural.
Nunca antes una civilización había tenido tal capacidad para dirigir la atención colectiva, regular la indignación y administrar el silencio sin recurrir a la coerción directa. No se necesita censura explícita cuando la orientación perceptiva ya está alineada.
Nada de esto implica negar la necesidad de denunciar la violencia visible ni relativizar el sufrimiento concreto. El problema no es la denuncia, sino su uso tranquilizador. No es la indignación, sino su selectividad interesada. El ego colectivo no señala para transformarse, sino para preservar su imagen.
Cambiar de enemigo no altera esta lógica.
Refinar el lenguaje moral tampoco.
Mientras la percepción siga organizada desde la reducción de la complejidad, la necesidad de pertenencia y la descarga de culpa hacia un afuera conveniente, la civilización seguirá fabricando horrores visibles y ocultando otros de escala mayor que la interpelan directamente.
La única fisura real aparece cuando el ego deja de organizar la mirada.
Eso no promete consuelo, ni superioridad, ni certezas nuevas. Exige algo más incómodo: sostener la complejidad sin reducirla, aceptar la implicación material sin proyectarla, habitar la incomodidad sin convertirla en enemigo.
No produce alivio.
No garantiza pertenencia.
No ofrece refugio.
Pero introduce una posibilidad que ninguna condena selectiva puede generar: lucidez.
Y solo desde esa lucidez puede comenzar algo que rara vez se desea de verdad: la resolución real de los conflictos.
Porque resolverlos implicaría desactivar la función que cumplen.
El ego, individual o colectivo, declara querer la paz, la justicia, el fin del daño. Pero su estabilidad depende del conflicto. Sin fricción, sin enemigo, sin una amenaza que lo justifique, perdería el lugar privilegiado desde el que se organiza.
El conflicto no es para el ego un problema a resolver, sino un recurso a administrar.
Por eso lo prolonga, lo desplaza o lo sustituye, pero rara vez lo deja desaparecer.
Resolver de verdad exigiría algo que el ego no concede voluntariamente: abandonar la centralidad, renunciar a la superioridad moral y dejar de definirse por oposición.
Solo cuando esa lógica se interrumpe, cuando la lucidez no se utiliza para señalar sino para implicarse, puede comenzar una transformación que no necesite conservar el conflicto para sostenerse.
No más eficaz para ganar.
Pero sí, por primera vez, eficaz para terminar.